En cualquier ciudad, de cualquier país del mundo, sin importar el grado
de desarrollo socioeconómico de los mismos; siempre existen personajes que le dan un toque
especial al lugar, lo que los hace inolvidables. Dichos protagonistas, destacan
por sus actividades o forma de ganarse la vida. Los encontramos en lugares
públicos: calles muy transitadas, centros comerciales o jardines; ya sea
tocando algún instrumento musical, declamando poesía o haciendo mímica, para
ganarse algunas monedas.
La parte contraria, la otra cara de la moneda o como se dice
en el argot popular, “el negrito en el arroz”, serían los mendigos. Realidad
que no puede ser ignorada, porque son el resultado de historias reales o
ficticias que forman parte de nuestra sociedad. Quien no llegado a escuchar que
existen menesterosos que resultan ser millonarios o millonarios que caen en la desgracia
y se ven en la necesidad de pedir limos
El arte de la mendicidad, porque así lo es; tiene dos
aristas: el que la practica por necesidad y los que hacen de ella un gran
negocio, en el sentido que les reditúa ganancias sin tener que hacer un gran esfuerzo.
Muchos trasforman su apariencia, para causar lastima, otros cuentan historias tristes para conmoverte y los
más cínicos simplemente estiran la mano. Al final del día terminan con dinero
que rebasa el sueldo mínimo de cualquier empleado.
El problema no es dar una moneda a los que te la solicita,
sino saber distinguir a quien se la estamos dando, porque sin querer estamos
fomentando el aumento de estos pordioseros que despluman a los incautos que son
engañados vilmente. El descubrir que una mujer sentada en silla de ruedas con
apariencia cuadripléjica y carente de un lenguaje, cambia cuatrocientos pesos en moneda, en un puesto de comida y que tiene una voz
portentosa, es recibir una bofetada y un escupitajo en la cara. Ahora hagamos
cuenta de cuantos no hay como ella, y las veces que nos han engañado.
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