domingo, 30 de marzo de 2014

Las dos caras de la mendicidad.


En cualquier ciudad,  de cualquier país del mundo, sin importar el grado de desarrollo socioeconómico de los mismos;  siempre existen personajes que le dan un toque especial al lugar, lo que los hace inolvidables. Dichos protagonistas, destacan por sus actividades o forma de ganarse la vida. Los encontramos en lugares públicos: calles muy transitadas, centros comerciales o jardines; ya sea tocando algún instrumento musical, declamando poesía o haciendo mímica, para ganarse algunas monedas.
La parte contraria, la otra cara de la moneda o como se dice en el argot popular, “el negrito en el arroz”, serían los mendigos. Realidad que no puede ser ignorada, porque son el resultado de historias reales o ficticias que forman parte de nuestra sociedad. Quien no llegado a escuchar que existen menesterosos que resultan ser millonarios o millonarios que caen en la desgracia y se ven en la necesidad de pedir limos
El arte de la mendicidad, porque así lo es; tiene dos aristas: el que la practica por necesidad y los que hacen de ella un gran negocio, en el sentido que les reditúa ganancias sin tener que hacer un gran esfuerzo. Muchos trasforman su apariencia, para causar lastima, otros  cuentan historias tristes para conmoverte y los más cínicos simplemente estiran la mano. Al final del día terminan con dinero que rebasa el sueldo mínimo de cualquier empleado.
El problema no es dar una moneda a los que te la solicita, sino saber distinguir a quien se la estamos dando, porque sin querer estamos fomentando el aumento de estos pordioseros que despluman a los incautos que son engañados vilmente. El descubrir que una mujer sentada en silla de ruedas con apariencia cuadripléjica y carente de un lenguaje, cambia cuatrocientos  pesos en moneda,  en un puesto de comida y que tiene una voz portentosa, es recibir una bofetada y un escupitajo en la cara. Ahora hagamos cuenta de cuantos no hay como ella, y las veces que nos han engañado.


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